El rey va desnudo

Muchas veces he defendido que ante la dificultad de comprensión que presenta una gran parte del arte contemporáneo es necesario dedicar unos minutos a leer las hojas de sala que se encuentran en las exposiciones que visitamos. Vivimos en una sociedad tan acostumbrada a la inmediatez y al consumo rápido de imágenes fácilmente comprensibles (televisión, cine, publicidad) que asimilamos con dificultad aquellas que se salen de la evidencia. Molestarse en leer los textos de sala suele ser una eficaz manera de entender mejor el arte y disfrutarlo más profundamente.

Sin embargo, debo reconocer que ante la exposición comisariada por Diana Guijarro, “Un sujeto construido”, es casi mejor olvidarse del texto que la acompaña e intentar contentarse con la simple observación de las instalaciones que forman parte de la muestra. Y es que la hoja de sala, que debería explicar el sentido de la exposición, está escrita de manera tan críptica y artificiosa que confunde más al espectador que otra cosa. No se sientan mal si no entienden a la primera frases del tipo “el acercamiento al arte se puede hacer en base al sometimiento de las voluntades críticas, posicionamientos latentes bajo la difusa idea de laboratorio experiencial”. Yo tampoco.

En realidad, el objetivo de Guijarro en su escrito es contraponer dos fragmentos aparentemente parecidos que son sin embargo antagónicos en significado, pero no se entiende de qué manera se refleja esta idea en la selección de piezas de la muestra.

El origen más reciente de los textos artísticos rimbombantes y pretenciosos lo encontramos en el momento en el que los museos empiezan a establecer la gratuidad de su acceso de manera permanente o en días específicos. Hasta ese instante el arte había sido patrimonio exclusivo de las clases adineradas que se podían permitir pagar la entrada a un museo. Tal y como apuntó el sociólogo francés Pierre Bourdieu, ahora, ante la supresión de la barrera económica que impedía que el gran público accediera a los museos, la élite se ve en la necesidad de buscar nueva barrera, esta vez intelectual (mucho más difícil de eliminar), para seguir utilizando el arte como herramienta de diferenciación social: “cualquiera puede entrar en un museo, pero solo nosotros lo entendemos porque hemos sido educados para ello”.

El problema es que en este intento por mantener un lenguaje exclusivo solo accesible a los iniciados en el arte, algunos de los supuestos entendidos se han pasado de vueltas hasta hacerse incomprensibles incluso para sí mismos, escribiendo textos en apariencia profundos pero en el fondo vacíos de contenido. Basta ya de acomplejar al visitante con escritos pomposos y opacos que recuerdan al cuento El traje nuevo del emperador (El rey desnudo) en el que nadie se atrevía a decir que el rey iba desnudo porque para perpetrar su engaño, los pícaros sastres habían avisado de que la tela era invisible a los estúpidos o incapaces para su cargo. Pues bien, quizá yo sea estúpida o incapaz para mi cargo, pero no tengo miedo en decir que en este, y otros muchos casos, el rey sí va desnudo.

Crítica de arte publicada originalmente en el Diario de Mallorca el día 26 de marzo de 2018

 

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