¿Y si lo del arte no va tan en serio?

Dicen que uno de los secretos de la felicidad es el de no tomarse demasiado en serio las cosas. Uno no puede controlar lo que le sucede en la vida, pero sí la manera como actúa delante de aquello que le ocurre. En este sentido, el humor es siempre un gran aliado. Situaciones que en el día a día vivimos con una gran trascendencia, pueden llegar a parecernos absurdas si tenemos la oportunidad de analizarlas desde fuera, como simples espectadores del sueño de Calderón.

El mundo del arte es precisamente un buen caldo de cultivo para situaciones grotescas. Ya se ha comentado en varias ocasiones la percepción social negativa y elitista del arte contemporáneo y sobre todo, del mundillo que lo rodea. Muchos de los profesionales del sector han justificado históricamente estas críticas argumentando que aquellos que critican lo hacen por ignorancia o una incapacidad de apreciación.

¿Qué pasa, sin embargo, cuando las críticas vienen desde dentro? ¿Qué pasa cuando es uno de los agentes implicados el que pone en el foco algunas de las tonterías que se viven en este sector? ¿Se puede poner también la excusa de la incapacidad de entendimiento?

El artista Pablo Helguera (Ciudad de México, 1971) presenta en la Fundación Juan March de Palma la exposición “La comedia del arte”, una lectura irónica y fresca de muchas de las situaciones paradójicas que él mismo ha vivido trabajando en el terreno artístico. Y es que Helguera habla con conocimiento de causa, pues conoce los entresijos de este mundo no solo desde su rol como artista, sino también desde la perspectiva de educador de museos.  

Más que una exposición al uso, Helguera hace una intervención en la sede mallorquina insertando sus “artoons” (dibujos caricaturescos acompañados de textos breves sobre diversas situaciones ridículas del mundo del arte) al lado de las obras icónicas de la colección permanente de la fundación. Desde la tienda hasta las escaleras pasando por los baños o la biblioteca: todos los rincones de la fundación se han considerado propicios para mostrar la obra irreverente de este artista antropólogo, polifacético y reflexivo. No hay lugar malo para exponer una obra, no hay lugar indigno para mostrar el trabajo del artista: toda parafernalia ha sido eliminada para ser consecuente con este ejercicio de autocrítica desde el humor y la ironía.

Es valiente y realmente acertado el hecho de que una institución del peso de la  Fundación Juan March, se atreva a cuestionar sus mismos cimientos. El humor es, sin duda, una buena estrategia para acercar su museo a más público, y es que como reza el mismo texto de la exposición, “al arte contemporáneo le sobran pedanterías y le falta reírse de sí mismo”.

Crítica de arte publicada originalmente en el Diario de Mallorca el 27 de diciembre de 2021

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