Can Balaguer tiene también su fantasma

La rehabilitación integral y la musealización de la planta noble del Casal Balaguer ha sido uno de los proyectos más importantes que ha emprendido el Ayuntamiento de Palma en el pasado 2017 en terreno de política cultural.

La idea de la exposición permanente “La Casa Posible” es magnífica: recrear la evolución de una casa señorial mallorquina a través de las diferentes épocas históricas, ambientando cada una de las habitaciones que forman parte del espacio público (también llamado de protocolo) y privado de la casa a partir del estilo característico de un período determinado. En la práctica, lo que ve el visitante es una casa señorial barroca con las transformaciones realizadas por la familia Balaguer a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Así, se pueden recorrer las salas barrocas de la entrada, la cámara y la alcoba mortuoria (con historia de fantasma incluida según la versión del personal de la sala) y los cambios que se produjeron en la época de los Balaguer: una galería con la importante colección particular de estos últimos propietarios con obras de Antoni Gelabert, la gran sala de música y la sala con una decoración que reinterpreta el estilo Luis XV.

De entre todos los objetos que se pueden apreciar durante el recorrido, no puedo sino destacar un bellísimo gramófono con una corneta verde esmeralda, quizá de la marca Víctor, la del perrito, en la sala de la chimenea. Como curiosidad, los amantes de las maquetas encontrarán una reproducción del edificio al inicio de la exposición que bien les justifica una visita.

Aunque en esta propuesta es de valorar muy positivamente el esfuerzo y el trabajo realizado con una vocación arqueológica, el resultado sin embargo es un tanto frío. En las salas falta algo de emoción para que el espectador pueda realmente percibir cómo se habitaba el espacio de la vivienda. Las mejores exposiciones son aquellas que aparte de informar también emocionan contando historias y evocando sensaciones; en ésta se echa de menos una perspectiva más personal y humana más allá de si las sillas pasaron de tener un bordado en terciopelo rojo a uno en azul.

A pesar de todo, vale la pena una visita a esta exposición pues es una cita obligada para conocer algo más de nuestra historia y colarse en el interior de lo que pudo ser una casa señorial mallorquina.

Crítica publicada originalmente en el Diario de Mallorca el 9 de abril de 2018

 

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