Sexo, locura y obsesión: Bernardí Roig en sus films

Impactante, inquietante y perturbadora. Así es la exposición Bernardí Roig. Films 2000 – 2018 que presenta Es Baluard en coproducción con el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. El característico universo plástico de este reconocido artista mallorquín es volcado a un lenguaje audiovisual efectivo que retoma las obsesiones de su creador. Roig no abandona al individuo en blanco y negro como protagonista absoluto de su obra. En un mundo colonizado por la hipercomunicación, Roig muestra personajes solitarios, incapaces de dialogar ni con ellos mismos, que continúan con la infructuosa búsqueda del conocimiento.  La mirada cegada o la repetición absurda es tomada como metáfora del sinsentido de la existencia.

El impresionante montaje expositivo absorbe al empequeñecido visitante que deambula por la sala en una especie de festival de sombras y amalgama de sonidos armónicamente disonantes procedentes de las diferentes proyecciones. Sexo explícito, locura, escatología o automutilación; algunas de las imágenes de la muestra son lo suficientemente duras como para que el público más sensible deba pensárselo dos veces antes de traspasar el umbral de la sala.

Cada una de las películas que forman esta retrospectiva parece ser el fragmento del autorretrato que Roig ha ido trazando en el tiempo; no en balde la mayoría de las imágenes son representadas por hombres, a veces por él mismo, y otras, por personalidades del mundo de la cultura. Solo en los contados casos en los que la mujer entra en escena, lo hace para desempeñar un papel secundario o con connotaciones sexuales.

La pieza Leidy B (2002) desvela los fetiches del artista que fantasea con la idea de que una mujer se masturbe literalmente con su obra, mientras éste la observa antes de consumar el acto con ella. Lo molesto de esta producción es la desigualdad que subyace entre los protagonistas de la escena. De los dos amantes, solo la mujer se nos presenta con la sinceridad de la cara visible, totalmente reconocible y desnuda ante la mirada escrutadora del espectador. Mientras, el hombre permanece escondido tras el anonimato cobarde de una especie de ridícula venda. La mujer es objeto del doble voyeurismo ejercido por el hombre que aparece en pantalla y por el espectador. Porque, si como dice el texto de sala, sólo la mirada garantiza el acontecimiento; el único acto cuya existencia queda probada es aquél atribuible a una identidad concreta: la de la mujer. El hombre, por su parte, recibe la absolución (si es que fuera necesaria) del anonimato.

En cualquier caso, en general hay que destacar la potencia de las imágenes de las proyecciones, lo atractivo del montaje y lo sólido de los contenidos. Un acierto por parte de Es Baluard, que además ofrece la oportunidad de poder visitar la muestra en dos días diferentes con la misma entrada. Altamente recomendable.

Crítica publicada originalmente en el Diario de Mallorca el 14 de mayo de 2018

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