Una exposición que no es una exposición

Desde la planta baja, incluso antes de subir las escaleras, ya se escucha un rumor que promete ser maravilloso. Como ratitas atraídas por la hermosa canción de ese flautista del cuento, dirigimos nuestros pasos en búsqueda del origen de tan bello sonido. Ya arriba, desconcertados, vemos que la fuente de nuestra curiosidad sonora proviene de una sala con la puerta medio cerrada: ¿puede ser que nos hayamos equivocado? Cada vez más cautivados, nos asomamos para ver qué se esconde tras el especialísimo timbre que interpreta la que en ese momento parece la más exquisita melodía del mundo: se trata de una sala oscura, cuya negritud solo está manchada por una luz cenital que ilumina un batiburrillo de vendas utilizadas. Tras unos segundos de aturdimiento dedicados a escuchar, ya nítidamente, esas notas musicales que nos han embelesado, una serie de frases con alusiones a los olores putrefactos de la sociedad empiezan a aparecer tras el montón de vendas allí dispuesto: “el cuerpo que llevo hoy huele a aborto,  navaja púber, a ficción a ilegalidad” “¿a qué huele un no país? ¿a qué huele ese mundo que falta?” “a naftalina huele la horma y la cárcel, porque se huele el sueño helado en un psiquiátrico”. Estamos conmovidos: estas frases, apariciones coreografiadas, contrapunto brutal y contemporáneo al sonido antiguo de la música sacra allí escuchada que resulta ser de Vivaldi, martillean nuestra conciencia. ¿Dónde estamos? Buscamos la respuesta instintiva en las paredes de la sala: se trata de la exposición “Enfleurage” de la artista argentina afincada en Mallorca, Veru Iché (Buenos Aires, 1972).

Iché propone, en la planta noble del Casal Solleric, un proyecto artístico al que la palabra “exposición” se le queda corto. La artista deja traslucir la versatilidad de su trayectoria profesional marcada por el trabajo como guionista, coreógrafa, diseñadora, maquilladora, técnica de luces, fotógrafa y como ella misma indica, “creadora de pautas”, para plantear un recorrido performático sin performancers, en el que los verdaderos protagonistas son el propio público que acude. Tomando como excusa temática el “enfleurage” (un método utilizado en el campo de la perfumería para extraer los aceites aromáticos de ciertas flores), Veru Iché estructura su propuesta en 6 salas y 7 actos, como si de un espectáculo teatral se tratara, para trabajar varios aspectos de crítica social relacionados con la migración, el papel de las personas dentro de la sociedad o el sistema del arte. A partir del pretendido recorrido teatral, Iché trastoca el estado emocional del espectador para que éste sienta antes de pensar, o mejor dicho, para que reflexione a través de la emoción.

Lo mejor de esta exposición es que no lo es: lo mejor es la transversalidad de sus contenidos donde las fronteras entre las diferentes disciplinas artísticas quedan diluidas, donde se confunden los roles y el espectador deja de serlo para convertirse en objeto mismo y centro de la propia propuesta artística. Muy recomendable.

Crítica publicada originalmente en el Diario de Mallorca el 23 de diciembre de 2019

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