El gremio artístico: a la consulta del psicólogo

Si Freud tuviera que psicoanalizar la última propuesta de Arno Beck, un joven artista alemán que en su trabajo más reciente pone a luchar a míticas esculturas de la antigüedad clásica con los protagonistas de uno de los videojuegos más famosos de la cultura pop bajo el título de “Delete History” – Borrar la Historia, es probable que concluyera, sin demasiado esfuerzo, que el artista sufre un complejo causado por el peso de la tradición en su trabajo artístico y que desea, por todos los medios, deshacerse de él. Y es que, siguiendo con la historia-ficción, y siguiendo también con este ejercicio contemplativo de especulación, sin más pruebas, lo reconozco, que la propia obra de la que se está conjeturando, es posible incluso auspiciar que el alemán tenga en su imaginario de referencia, a partes iguales y al mismo nivel, las grandes obras de la historia del arte y los personajes de su quizá, videojuego favorito.

En cualquier caso, es indudable la potencia conceptual y visual que supone una lucha entre Zeus y M. Bison, o de la correspondiente entre Venus y Ken. En realidad, no es ni el primer, ni será el último artista que cite obras clásicas en sus trabajos creativos. Los pobres artistas deben lidiar en su quehacer diario con la obligación (un poco autoimpuesta, un poco consensuada entre todos los del mismo colectivo, hay que decirlo) de crear una obra de arte única, original, de calidad, profunda, con significado e impactante que sea capaz de superar lo que los antiguos compañeros de profesión vienen haciendo desde hace varios millares de años.

Hay que empatizar con este gremio: ¿cómo enfrentarse a tu trabajo como creador cuando te han dicho, repetido, has estudiado e incluso memorizado, que a la perfección del arte ya se llegó hace siglos? ¿Cómo empezar tu faena diaria sabiendo que se espera de ti, si quieres ser algo dentro tu círculo profesional,  ser capaz de superar o al menos igualar a Miguel Ángel o a Picasso? Es como si un informático tuviera entre sus obligaciones laborales poder llegar al nivel de Bill Gates, o que a un cocinero se le pidiera ser un nuevo Martín Berasategui. Sinceramente, no me imagino la presión que esto debe suponer. Normal que muchos artistas quieran asesinar el arte, o la pintura en concreto (que se lo digan a Miró), o cargarse a la Venus Lely o al Dios del Cabo Artemisio, como Beck.

Más allá de esta divagación a modo de infructuoso divertimento dialéctico, hay que decir que la propuesta de Arno Beck es atractiva y está mostrada de manera muy acertada y sencilla en la Galería Fran Reus: en apenas dos paredes queda claro el mensaje del artista. Beck, que se ha servido de las diferentes letras y símbolos de una máquina de escribir para conformar estas imágenes de imposible lucha anacrónica, ha sabido dar una vuelta de tuerca a la oposición entre lo analógico y digital, planteando unas obras cuya realización ha debido suponer, por lo laborioso del asunto, una forzada deceleración que se impone como una crítica al sistema de consumo rápido de absolutamente todo. Esta es una buena oportunidad para conocer mejor la obra de este artista que, esperemos, no sea borrado de la historia.   

Crítica publicada originalmente en el Diario de Mallorca el 16 de noviembre de 2020

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