Visitante: ¿hay alguien ahí?

Hemos aprendido a ser hombres o mujeres. Algunos lo hemos ido asimilando sin demasiada incomodidad, respondiendo sin demasiados problemas a lo que se esperaba de nosotros según lo determinara el sexo con el que nacíamos. Somos los afortunados cisgénero, esos que la sociedad ha premiado por seguir más o menos las convenciones sociales relativas al comportamiento considerado apropiado asociado al hombre o la mujer. Otros, en cambio, no lo han tenido tan fácil: no se han sentido tan cómodos actuando como se suponía que debían actuar atendiendo a lo que dictaba su sexo de nacimiento.

Prácticamente nadie está libre de culpa: en nuestra cotidianidad hemos asimilado e impuesto con naturalidad ciertos roles de género. Cuántos hombres no se han sentido menospreciados por no haber sabido cambiar las luces de un coche, por haberse puesto a llorar en público o por haber tenido miedo ante una situación de peligro; cuántas mujeres no se han sentido juzgadas por no haberse depilado los sobacos, por ser madres deseosas de librarse de sus hijos unas horas para simplemente tomarse unas cañas con las amigas o por haberse puesto en biquini luciendo unos cuantos kilos de más.

De lo que estamos hablando es del género como una convención social, y Tonina Matamalas (Andratx, 1987) se propone hacer una reivindicación desde el activismo transfeminista (ese que precisamente entiende el concepto de género como una construcción social) para llamar la atención sobre una realidad mucho más diversa que la simple clasificación binaria hombre-mujer.

Su proyecto “Teixit conjuntiu” concebido como un site specific en la sala dipòsit del Casal Solleric, se plantea como una investigación participativa entorno a la construcción social del género. La exposición está compuesta por una selección de sus habilidosos dibujos y por una serie de libros y demás documentos prestados por varios colectivos para la ocasión. En los textos de la muestra se invita a que los asistentes dejen, a través de post-its, sus impresiones y reacciones a los planteamientos lanzados por la artista.

Sin embargo, la realidad parece demostrar que es demasiado pedir a los visitantes que dejen su ajetreada vida para disfrutar con atención la muestra, leyendo los mensajes que la artista ha dispuesto para ellos a lo largo del recorrido, respondiendo a la invitación de dibujar su propia versión del aparato genital femenino, o dejando algún comentario sobre el contenido de los libros o revistas dispuestos en algunos lugares de la sala a modo de debate. Varias semanas después de la inauguración, no parece haber demasiada interactuación por parte del público, por lo que esa idea preciosa de hacer de la muestra una investigación participativa, de momento, se queda en el capítulo de buenas intenciones. Este fracaso comunicativo no es tanto culpa de la artista, sino del público, acostumbrado en demasía al consumo rápido, mirando de un lado a otro como conejo deslumbrado ante un destello de luz, con superficial admiración o menosprecio, incapaz de centrar la atención varios segundos seguidos en un solo estímulo. Para todos aquellos que se sientan atacados por esta afirmación, pueden visitar la muestra, responder a la llamada de la artista, aún queda tiempo, y demostrar que estoy equivocada. Ojalá sea así.

Crítica publicada originalmente en el Diario de Mallorca

el 17 de febrero de 2020

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