El localismo: gran vencedor del Antoni Gelabert de artes visuales 2017

El pasado sábado 20 de enero tuvo lugar la puntual entrega del Premio Ciutat de Palma Antoni Gelabert de Artes Visuales 2017. Y pocas sorpresas, la verdad. Muchos de los nombres recurrentes en el panorama actual del arte mallorquín han resultado ser también los finalistas y premiados de un certamen que haría bien en plantearse cómo hacer para atraer a más artistas de fuera y olvidarse un poco de su localismo.

De entre todas las propuestas presentadas, la mejor para el jurado resultó ser una pintura, en concreto, una pintura titulada Marquinha de Bel Fullana, quien se congratulaba de que hubiera sido una obra de esta disciplina la vencedora, en lo que se podía interpretar como una especie de denuncia light a una cierta marginación de ésta frente a otros formatos “más contemporáneos” como el vídeo-arte o las instalaciones. Ha ganado una pintura, sí, pero de gran formato, que las pinturas de grandes dimensiones siempre han hecho muy buen papel en los certámenes artísticos. Da igual que sea Doña Juana la Loca ante el sepulcro de su esposo, o la representación de una niña con bronceado radical de Brasil, el caso es que las pinturas enormes parecen más fáciles de valorar porque impactan más al espectador aunque a la hora de la verdad vendan menos. Así es. La obra de Fullana, otra de las artistas omnipresentes del círculo artístico isleño con buena proyección nacional, destaca por su estilo desenfadado de tintes infantiloides, con vistosos colores planos y pincelada hiperreconocible. Hay que valorar su capacidad para mantener un estilo característico atractivo y actual sin llegar a aburrir al espectador (por ahora).

En lo que no hay por donde coger la elección del jurado es en las dos menciones de honor a Joana Cera y Julia Llerena. No se entiende. En los dos casos se trata de instalaciones demasiado obvias de poca originalidad. El único sentido que se le podría encontrar a la mención a la instalación de Joana Cera, un reloj de arena de 0,8 x 3 cm que utiliza la artista para “cuestionar la temporalidad” (atención a la rompedora e insólita metáfora), sería una especie de autocomplacencia del jurado de premiar, irónicamente, la obra más grande (la de Fullana) y la más pequeña (la de Cera, claro) de entre las presentadas al certamen, en una especie de elogio absurdo a la diversidad. Estoy siendo sarcástica, por supuesto.

Por lo que respecta al resto de obras finalistas, destaca con especial gracia la obra de Pep Girbent, “Pintura”, en la que el artista reproduce un retrato de la infanta Margarita de Velázquez, expuesto junto a dos críticas (una buena y otra demoledora) supuestamente recibidas por esta misma obra en una anterior exposición en México. Con esta propuesta el artista retoma el eterno debate acerca de la subjetividad en el arte al mismo tiempo que arranca una sonrisa al espectador.

Crítica aparecida originalmente el 22 de enero de 2018 en el Diario de Mallorca

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