Lo siento pero no puedes ser Picasso

Uno de los logros más importantes para los artistas fue la dignificación de su profesión mediante el reconocimiento a la autoría (cuando empezaron a firmar sus obras)  y la consideración de su actividad como un trabajo liberal. Después de siglos de reivindicaciones se consiguió, primero en la Italia del Renacimiento y luego en la España Barroca, que se considerara el arte como una labor creativa  con un componente intelectual elevado, diferenciado de la artesanía, básicamente manual, repetitiva y mecánica. Un artesano podría copiar con mucha técnica y pericia la pintura de otro, pero solo el que había tenido la idea podía ser considerado artista.

La actual Ley de Propiedad Intelectual, con todos sus errores y aciertos, no es nada más ni nada menos que la regularización jurídica de esta lucha histórica por defender el valor de la idea y de su autor en algo a veces tan subjetivo e intangible como el arte.

José Ramon Amondarain en su exposición La risa del espacio (Guernica) del Casal Solleric denuncia hoy el alcance de la citada Ley al haber vivido en sus propias carnes los efectos de la misma. El proyecto original sobre el que se basa la muestra del Solleric surgió como un homenaje al Guernica en su 80 aniversario, propiciado por el centro Artium Álava de Vitoria y el Museo Sant Telmo de San Sebastián en 2017. En él, Amondarain trasladaba fielmente a pintura 8 fotografías de Dora Maar a escala 1:1 que documentaban diferentes partes del proceso de producción del Guernica. Sin embargo, aunque la primera muestra consiguió esquivar la Ley de Propiedad Intelectual (ya vigente por cierto en ese momento), la de Palma no lo ha logrado, por lo que la exposición se muestra ahora con la obra de la discordia embalada en el patio del Solleric, acompañada de un explicación panfletaria y un tanto populista del propio artista en un intento de buscar la complicidad del público alegando las supuestas intolerancias del estado opresor. ¿Acaso los derechos de autor de Amondarain están por encima de los de Picasso o Dora Maar?

De hecho, lo lamentable de esta situación es seguir utilizando el Guernica,  la obra más icónica del arte español (con perdón de las Meninas), para explotar la fama de su nombre e imagen cuál reclamo publicitario. Basta ya de usar los iconos de nuestro arte como naranjas exprimidas hasta la saciedad de las que ya no sale más que un liquidillo rancio e insípido.

Claro está que se podría hablar aquí del debate en torno al apropiacionismo: dónde acaba y dónde empieza el parasitismo creativo. Es lícito para los artistas trabajar el concepto de original y copia, revisar el trabajo de maestros anteriores, homenajearlos, citarlos y todo lo que haga falta. El problema es que hay una línea en la que se debe decidir hasta qué punto es válido que los artistas continúen lucrándose con los méritos de otros. No es un tema fácil, y por eso hay unas leyes que intentan regularlo.

En cuanto a la muestra que nos ocupa, no se puede negar que la exposición de Amondarain “haciendo de Picasso” -como reza la propia hoja de sala- es atractiva visualmente, sobre todo para quien le resulte interesante la estética picassiana. Pero, ¿cuánto de Amondarain y cuánto de Picasso va buscando el público que visita esta exposición? Yo me hago una idea.

Crítica publicada originalmente en el Diario de Mallorca el 4 de junio de 2018

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