El placer del color: José Manuel Broto

No siempre se tiene la oportunidad de apreciar de cerca obras cuyos autores han escrito un capítulo en la reciente historia del arte español. Sin embargo, la Galería Maior de Palma acoge estos días la última exposición de uno de estos artistas; se trata de la muestra Geologías, del reconocido artista zaragozano José Manuel Broto (1949). Después de una trayectoria de cinco décadas de producción artística en las que su obra se ha caracterizado, entre otras cosas, por la defensa de la pintura en una época en la que el arte conceptual copaba las altas esferas de la vanguardia cultural, Broto, que reside en Mallorca desde hace veinte años, presenta en la galería palmesana una muestra de sus últimas creaciones. En ellas, Broto continúa trabajando con la pintura de lenguaje abstracto. No podía ser de otra manera. Broto ha abanderado desde los 70 una especie de lucha a favor no solo de la pintura frente a otro tipo de manifestaciones artísticas surgidas en los nuevos tiempos, sino también de la abstracción, que considera como el camino que ha liberado a la pintura de su deber mimético de la realidad.

Uno de los aspectos más interesantes de Broto es su propia concepción de la pintura en particular y del arte en general. La tesis sobre la que trabaja Broto es la de una pintura que se entienda por sí misma. Ni explicaciones, ni intermediarios, ni conceptos rebuscados. De hecho, quizá ni siquiera sea necesario entender; lo que el zaragozano quiere es una pintura mucho más directa y sincera que se disfrute, que se sienta, que sea capaz de otorgar placer al que la mira por el simple hecho de ser observada. Se trata de una apuesta por una pintura sensual, en la que el color adquiere un protagonismo buscado. Broto aspira, de alguna manera, a mejorar el mundo de las personas que se detienen a observar su obra. Desde una pequeña sonrisa, provocada por el optimismo de un cromatismo que invade la sala de exposiciones de la Galería Maior, este mallorquín de adopción busca despertar la alegría que se encuentra escondida o dormida entre los espectadores.

Cuando el público vaya a esta muestra, que resulta casi obligada por la importancia de su autor, recordemos, premiado con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1995, con el Premio ARCO de la Asociación de Críticos en 2003, con el Premio Aragón Goya de Grabado, entre otros, que no se preocupe demasiado en querer comprender qué es lo que está viendo. No es lo que su autor pretendía. Cuando alguien entre en esta galería, que se detenga frente a estas obras de descarados naranjas, rosas y amarillos chillones con el espíritu libre, no contaminado, y que después de unos segundos de observación no se pregunte con respecto a la obra: “¿qué significa esto?” sino que mire dentro de sus emociones y se plantee, sin embargo, “¿qué estoy sintiendo?”.

Crítica de arte publicada originalmente en el Diario de Mallorca el 22 de abril de 2019

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