7 minutos

Imaginémonos visitando una exposición. En concreto, una exposición ubicada en una sola sala de unos 20 o 25 metros cuadrados. ¿Cuánto tiempo dedicaríamos a recorrer este espacio? Mejor dicho, ¿en cuánto tiempo comprehenderíamos lo que se nos muestra? Ahora, una vez familiarizadas con el lugar y con las obras, pongamos que elegimos aquella que más nos interesa: ¿cuánto tiempo seríamos capaces de quedarnos observándola sin que nuestra mente nos reclamara la atención para cualquier otro asunto extraordinariamente cuotidiano? Y…en otro orden de las cosas, ¿cuánto tiempo podríamos quedarnos mirando esta pieza sin levantar suspicacias ni sospechas entre los vigilantes de sala?

Por muy iniciadas en la materia o habituadas a la visita de exposiciones que estemos, seguramente muy pocas nos quedaríamos más de un par de minutos delante de nuestra obra favorita en una exposición (ni pensar el insignificante tiempo que le dedicaríamos a cualquier otra), y tampoco tardaríamos mucho en devorar el espacio de la sala. ¿Qué pasaría entonces si nos quedáramos 7 minutos observando una obra?

En una época como en la que vivimos, ante la feroz dictadura de lo inmediato, inmersas en la vorágine del vertiginoso consumo de absolutamente todo, llevar a cabo un ejercicio de atención radical como éste, supone una experiencia decididamente transformadora con efecto balsámico.  Para quien 7 minutos no le parezcan mucho, le animo a que pruebe este sencillo pero intenso ejercicio.

Tuve la oportunidad de llevar a cabo esta experiencia, hace un par de semanas, en la muestra A escala doméstica de Ángel Ferrant (Madrid, 1890 – 1961) en el Museu Fundació Juan March. La exposición, ubicada en una pequeña sala dentro del recorrido de la colección permanente, presenta una selección de varias esculturas de pequeño formato, que en realidad son obras concebidas para el ámbito doméstico. De hecho, muchas de las piezas, entre las que además hay relieves, dibujos, fotografías, carteles y libros, proceden de colecciones privadas y constituyen una buena oportunidad para que el visitante pueda acercarse a la figura de un escultor no suficientemente conocido, teniendo en cuenta no solo los reconocimientos que cosechó a lo largo de su carrera artística, sino sobre todo, la significación de las obras que realizó en el camino hacia la abstracción, utilizando materiales industriales y funcionales, renunciando así a las técnicas tradicionales de escultura.

Plantarse delante de una de estas esculturas de hierro, pues, durante 7 minutos, para explorar los efectos que provoca en nuestro estado mental (y espiritual) el hecho de enfocar toda nuestra atención a un solo estímulo visual, es una experiencia especialmente apropiada teniendo en cuenta la vertiente pedagógica de Ferrant, quien además fue pionero en la educación artística. Con la exposición de Ferrant queda claro que es posible experimentar con otras maneras de mirar y proyectar el museo, y es que: aprender a mirar, a mirar de verdad, es, por su aparente sencillez en relación inversamente proporcional a su dificultad, la manera más radical de visitar un espacio expositivo.

Crítica de arte publicada originalmente en el Diario de Mallorca el 18 de octubre de 2021

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